En honor al caluroso 25 de enero y al amor que entonces conocí.
Me gustó que preguntara si era por las Iluminaciones. Me gustó que sus sospechas fueran ciertas. Me gustó que me tomara por la cintura y me diera el beso que yo no le daba. Me gustó que me dijera: “Vamos al auto y nos damos muchos besos”. Me gustó que fuera la última oportunidad. Me gustó soñar con que éramos novios. Me gustó que me tomara la mano y le dijera a la gente que nos íbamos a pololear a los pastos. Me gustó que me aclarara que no estaba enamorado de mí. Me gustó que me preguntara cómo lo íbamos a hacer en marzo. Me gustó que encontrara falsa la modalidad de saludo que propuse para entonces. Me gustó que me espiara los secretos. Me gustó que casi se riera de mí diciendo: “¿Y ya no somos amigos acaso?” Me gustó que me calmara diciendo: “Ya, mujer, si no va a pasar nada, relájate.” Me gustó estar en la librería un buen rato. Me gustó aceptara acompañarme a esas papas fritas que se me antojaron cuando ya casi llegábamos a la parada de la micro.
Hacía mucho calor y yo me había dado una ducha fría antes de salir. Llegué justo a la hora a pesar de haber hecho escala en el centro. La 244 me llevó presta al encuentro y cuando iba a cruzar la calle lo vi. Estaba bajo un árbol, buscando una sensata sombra aunque ya eran las seis de la tarde. El calor no iba a menguar jamás. Me hizo una seña, levantó la mano y me saludó como para indicarme que estaba ahí. Después siempre que paso miro bajo el árbol y lo recuerdo con la polera desteñida, los lentes de sol y los pantalones favoritos (míos) agitando el brazo. Ahí estaba y me debe haber dado algo al estómago porque algo de trascendente tenía esa cita. Era la última y si en las anteriores no había sucedido mi estómago tenía que avisarme que era la última chance. Que si ya daba todo por perdido al día siguiente eso ya sería definitivo.
Apenas lo saludaba y realiza el ademán ganador. Extrajo del bolsillo las llaves del auto. Fue presenciar y morir. Creo que le dije: AAAAHH (así como se diría: “La que AAAHH”). Un ah similar a ése, un ah de leseo. Pensé lo peor, pensé lo mejor, no sé, pensé puras huevadas en realidad porque en ese tiempo andaba experta. Me gustó que hiciera eso, me gustó porque es un tipo gracioso y me gustaba más que fuera así. Me gustó porque la pasábamos muy bien juntos. Me gustó, claro, si no no habría estado saliendo con él.
De eso ocho meses y bien, muy bien. Nos desperezábamos en el verano, nos acompañábamos, nos poníamos excusas para hacerlo. Esas cosas se acabaron, aunque en el día que casi se termina para mí hizo bastante calor y no lo vi. No importa, mañana nos podremos reír de que hace ocho meses hacía mucho calor y hacer el comentario de la polera rosada desteñida y empapada. Reírnos de varios otros detalles, imagino que todos lo suficientemente importantes como para que ahora tengamos la oportunidad de recordarlos juntos. Porque claro, no estábamos enamorados pero me pedía que no me cortara el pelo, me halagaba la guata o falta de ella, calculaba cuánto faltaba para volver a encontrarnos (y nos parecía que era tanto pero no era desesperanzador) y quería saber si él era “el niño que me gustaba”. Y era él, si no, no habría estado con él esa noche sino con otro.
Yo a esas alturas no tenía tiempo qué perder, porque ya no tenía nada qué perder, sino puras cosas por ganar. Y las obtuve sin pretenderlas y hay que ver qué rápido ha pasado el tiempo sin que lo imagináramos entonces. Y mira que me iba a dejar tirada en alguna calle a esa hora y no lo hizo… ¡debió ser una señal! Le agradezco la invitación urgida a última hora, la conversación, las cervezas, los besos…
Me gustó esa cita. Me gustó él. Me gustó nosotros y lo mejor es que a él también.