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“Y además no nos quería mucho,” dice Javiera.
“No nos quería nada,” digo yo.
No llames al paramédico de la alumna, serás la burla para siempre. No puedo decir que se le pase luego, porque lo dudo.
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Yo confieso que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Yo confieso que confundí a Chico Buarque con Mel Gibson.
Por mi culpa, por mi culpa, ¡por mi gran y maldita culpa!
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A mi Karla.
Hay unos bocinazos grandes afuera. Ahora tocan campanas. Supongo que son los basureros. Cuando llegué ya habían puesto las bolsas de basura en la vereda y había un perro tratando de hacerse de algo. Nunca soporté mis zapatos de taco alto. Son de charol. Negro. Siento algo perplejo en el bajo vientre. Me iré de la oficina y luego al baño. Después al dormitorio y me llevo este teléfono. Suena una sirena de ambulancia ahora. Que nadie se haya muerto, por favor. Siento mi corazón fuerte. Ayer por la tarde tembló dos veces muy despacio. Yo me quedé tirada en la cam viendo cómo crecen las guaguas adentro de una. En unos días me toca expulsar mi no-guagua. No estoy seca ni vacía. Tengo los ovarios y el útero en suspenso. No me dan miedo las jeringas. No me da miedo ver mi propia sangre. No me da miedo ver mi propia sangre adentro de una jeringa. No me dio miedo la primera vez que me salió sangre de entre las piernas. Me dio miedo mi primera vez porque pensé que me iba a salir sangre de entre las piernas. Me dio miedo mi primera vez y me tiritaban las piernas. Me dolió. No quiero saber. Me da miedo. Tengo que saber. Todas las bullas de afuera se quedaron calladas. A la medianoche este teléfono canta una alarma incomprensible. Estoy inflada. Imagino que tengo un endometrio grueso y espeso. No tuvo uso. No podría tener. A ver si alguna vez tiene. Yo soy mucho más valiente que esto. El veneno no me cura de eso. Voy por el veneno.
Mis padres se acostaron. Fui por mi amiga. Azul dice que es. Le respondería azul yo también. Azul. Alguien bate algo en otro departamento. O quizás sea el camión basurero aún afuera. Se va un motor de camión. El Jaberin se está muriendo. Cuando llegué había cuatro poodles insulsos. Me parecieron un exceso. Mi Jaberin se está muriendo. Quedará enterrado en el patio. Ayer no pude pasar a abrazarlo. La Susana y el Simón saltaban mucho y no me lo permitieron. Solo nos dimos una oteada. Cuando dejó de mirarme también le di una lágrima. Jaberin se muere. Perrito de charol.
A mi amiga no le gustan mucho los chocolates. Mi amor por ella se mantiene a pesar de ello. Tomábamos Yuz de naranja de lunes a jueves a la hora de almuerzo. Los viernes salíamos a las dos y no almorzábamos juntas. Le envolvía la cabeza con su bufanda negra para que no le dolieran tanto los oídos en el invierno. Le escondía la tira de ibuprofenos en mi mochila porque no la quería adicta. Pero la amo. Unconditional love. Interlengua. Fui donde mi amiga. Ella entiende. Ella siempre entiende. Desde que nos topamos hace seis años en la fila del casino Sodexho y me dijo que pensaba que yo era más viva. Yo nunca fui buena con los muchachos. Lo hemos repetido todo este tiempo.
Cómo te sientes. Rara. Gracias. Eres la que me pone atención y viceversa. Por tu amor cualquier cosa. Me gustaba tu pelo negro. Negro puro. Como de charol. Tu pelo negro de charol negro. Largo y acariciable. Tú no querías teñirlo y yo lo oscurecía pero no podía ser como tú. Te quería tanto. Nunca me arrepiento de no haberte tenido más miedo. Nunca me arrepiento de quererte tanto. Fuiste lo más lindo esa noche en la playa. Fuiste el abrazo más lindo. Siempre me gusta abrazarte. Me gusta decirte ten cuidado con esto y que tú me digas ten cuidado con esto otro. Cuando te veo te abrazo. Cuando no te veo también. Todos los días te amo.
Gracias por ayudarme siempre a tener menos susto. Aunque me paré al baño y me temblaban las piernas. Siempre somos un poco duras la una con la otra. Nunca fuimos las más lindas y menos fuimos las más simpáticas. Aunque tú postulaste para ser la más tierna. Tenemos que decirnos las cosas y molestarnos. Nunca me has tenido mucha fe con los jóvenes. Yo estaba orgullosa de que fueras tan bacán. No me molesta que vengas a acurrucarte cuando te sientes atacada por todos. Yo estoy aquí. Me gusta querer salir arrancando y tener a dónde. Aunque tenga que hacerme pasar por chancho para que me quieras. Yo sé dónde estás.
Me dices que cómo estoy. Digo enlíada y listo. Siempre quiero serte sencilla y sincera. No aburrirte con largas historias. Que no te dé lata leer. Para que me sigas queriendo. Sabes por qué pongo tantos puntos. Porque así me enseñaron a escribir en esta nueva escuela. Ya no soy de la vieja escuela de Lésmer. Me gustaría seguir siéndolo. Como tú, como la hermana y como la del tacto social. Las de la vieja escuela. Las de mi vida. No estoy así porque me va a llegar la regla. Estoy así porque no me arrepiento nunca de haberme sentado a tu lado. Yo te quiero todos los días del año. Porque nunca me has faltado. Porque te tapas la cara cuando te ríes y yo me río con el hocico abierto sin vergüenza. Porque ya nos hemos regañado, frenado, alentado y animado tantas veces. Tus veces conmigo son incontables. Como esa vez elegante en que yo usaba mis zapatos de charol negro y tú con ese vestido de princesa te tambaleabas. Yo te amaba igual. Tú me amabas igual. A ver si me los pongo y cuando lo haga me acordaré de ti. Siempre. Siempre.
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En honor al caluroso 25 de enero y al amor que entonces conocí.
Me gustó que preguntara si era por las Iluminaciones. Me gustó que sus sospechas fueran ciertas. Me gustó que me tomara por la cintura y me diera el beso que yo no le daba. Me gustó que me dijera: “Vamos al auto y nos damos muchos besos”. Me gustó que fuera la última oportunidad. Me gustó soñar con que éramos novios. Me gustó que me tomara la mano y le dijera a la gente que nos íbamos a pololear a los pastos. Me gustó que me aclarara que no estaba enamorado de mí. Me gustó que me preguntara cómo lo íbamos a hacer en marzo. Me gustó que encontrara falsa la modalidad de saludo que propuse para entonces. Me gustó que me espiara los secretos. Me gustó que casi se riera de mí diciendo: “¿Y ya no somos amigos acaso?” Me gustó que me calmara diciendo: “Ya, mujer, si no va a pasar nada, relájate.” Me gustó estar en la librería un buen rato. Me gustó aceptara acompañarme a esas papas fritas que se me antojaron cuando ya casi llegábamos a la parada de la micro.
Hacía mucho calor y yo me había dado una ducha fría antes de salir. Llegué justo a la hora a pesar de haber hecho escala en el centro. La 244 me llevó presta al encuentro y cuando iba a cruzar la calle lo vi. Estaba bajo un árbol, buscando una sensata sombra aunque ya eran las seis de la tarde. El calor no iba a menguar jamás. Me hizo una seña, levantó la mano y me saludó como para indicarme que estaba ahí. Después siempre que paso miro bajo el árbol y lo recuerdo con la polera desteñida, los lentes de sol y los pantalones favoritos (míos) agitando el brazo. Ahí estaba y me debe haber dado algo al estómago porque algo de trascendente tenía esa cita. Era la última y si en las anteriores no había sucedido mi estómago tenía que avisarme que era la última chance. Que si ya daba todo por perdido al día siguiente eso ya sería definitivo.
Apenas lo saludaba y realiza el ademán ganador. Extrajo del bolsillo las llaves del auto. Fue presenciar y morir. Creo que le dije: AAAAHH (así como se diría: “La que AAAHH”). Un ah similar a ése, un ah de leseo. Pensé lo peor, pensé lo mejor, no sé, pensé puras huevadas en realidad porque en ese tiempo andaba experta. Me gustó que hiciera eso, me gustó porque es un tipo gracioso y me gustaba más que fuera así. Me gustó porque la pasábamos muy bien juntos. Me gustó, claro, si no no habría estado saliendo con él.
De eso ocho meses y bien, muy bien. Nos desperezábamos en el verano, nos acompañábamos, nos poníamos excusas para hacerlo. Esas cosas se acabaron, aunque en el día que casi se termina para mí hizo bastante calor y no lo vi. No importa, mañana nos podremos reír de que hace ocho meses hacía mucho calor y hacer el comentario de la polera rosada desteñida y empapada. Reírnos de varios otros detalles, imagino que todos lo suficientemente importantes como para que ahora tengamos la oportunidad de recordarlos juntos. Porque claro, no estábamos enamorados pero me pedía que no me cortara el pelo, me halagaba la guata o falta de ella, calculaba cuánto faltaba para volver a encontrarnos (y nos parecía que era tanto pero no era desesperanzador) y quería saber si él era “el niño que me gustaba”. Y era él, si no, no habría estado con él esa noche sino con otro.
Yo a esas alturas no tenía tiempo qué perder, porque ya no tenía nada qué perder, sino puras cosas por ganar. Y las obtuve sin pretenderlas y hay que ver qué rápido ha pasado el tiempo sin que lo imagináramos entonces. Y mira que me iba a dejar tirada en alguna calle a esa hora y no lo hizo… ¡debió ser una señal! Le agradezco la invitación urgida a última hora, la conversación, las cervezas, los besos…
Me gustó esa cita. Me gustó él. Me gustó nosotros y lo mejor es que a él también.
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-Mañana qué haremos.
-No lo sé.
-¿Cantar?
-¿Quieres cantar?
-Podría ser.
-Bueno, sí. Yo no le pego mucho al canto, pero le hago empeño.
-Sí le peeegas.
-Jajaja, era para hacer esto más lúdico.
-Jajajaja.
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Originally uploaded by hortensia violencia.
Es muy común que él sea muy serio y que esté pensativo como en la primera imagen. Esto se mantiene hasta que aparezco yo con algún comentario afortunadamente gracioso aunque no muy brillante.
Ahí debo haber dicho: “Pero ríete para la foto.” Y Rodrigo debe haber comenzado con la carcajada antes de tiempo pero lo capturé igual.
Le mando unos besos y unas reflexiones a este joven “siempre” meditabundo que se jura alguien serio. Le digo que lo amo aunque se haga el tranquilo pero en el fondo (y ya no tan en el fondo en realidad) sea tan pastel como yo.
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Crónica del 19 de septiembre.
El 19 de septiembre de 2006 celebramos seis meses de estar de novios tal como manda la institución amor. Dedico por tanto esto a Rodrigo, que es con quien tengo este lindo amor.
Acabo de volver de la parada (de micros). Estuvimos esperando la 315 cerca de una hora y casi se pasó. De manera insulsa optó por parar a la vuelta de Zapadores, a la vieja usanza, lo que hizo que Rodrigo tuviera que perseguirla para no quedar varado para siempre en la esquina. Me decía que volviera a mi casa, yo le explicaba que no quería dejarlo solo y él me respondía que cuando tomara la micro yo me tendría que devolver sola igual, que él también me dejaría sola. Bueno, son cosas que pasan y que no me hacen sufrir, pues de eso se trata. Ahora es mi turno, después o el suyo. O antes, no sé, nos hemos devuelto la mano ya en muchas ocasiones.
Y así terminó la cita.
Salí como a la una y media a comprar salsa de tomates, pan y helado. También quería comprar alguna verdura para preparar ensalada en la feria pero no pude. La feria de los martes siempre es penca y más cuando es 19 de septiembre y las fiestas ya llevan varios días. Entonces había como tres puestos y no pensaba comprar lechugas escarolas latigudas… no me llamaron la atención los productos así que crucé al minimarket nuevo.
Pedí la salsa de tomates y saqué cuatro panes por si más tarde nos daban ganas de tomar once. Saqué una caja de helado y fui a pagar. El muchacho que atendía llevaba una polera que decía “¡Si quieres tener sexo conmigo solo SONRÍE!”, así que yo procuré mantenerme seria sin dejar de ser amable. Fue complejo, pues cuando doy las gracias suelo esbozar algo similar a una sonrisa y no me lo podía permitir.
Estaba picando la carne en la cocina mientras Ana María comenzó a quejarse de que los Sancy eran impuntuales cuando se les ocurría juntarse a todos. Mis padres iban saliendo a la casa del Hugo (abuelo) y ella siempre se adelantaba al lío que considera que si dicen que es a las dos la Yeya llegue recién a las cuatro. Se quejaba de esto cerca de las dos y cuarto, lo que me causaba gracia.
Héctor me queda mirando desde el pasillo y empieza a decir: “Esta mujer me engañó. Antes era dulce, me invitaba a comer, me preparaba comidas ricas, me trataba bien, me daba besitos y me hacía cariño, pero no, después sacó las garras y se puso así loca y malvada como la ves ahora.” Me miraba con la mala intención y me dijo: “Así cambian todas, pobre Rodrigo”. Yo me reía y mi madre contraatacó: “¡No! ¡Mentira! Yo siempre fui así contigo, siempre gritona y peleadora, ¡siempre!” Yo me seguía riendo y le dije a Héctor que Rodrigo me conocía hace bastante y tiempo y sabía de mi maldad, mi odiosidad y jamás de griteríos y que por lo mismo nos habíamos acercado.
A los minutos comenzó la cita. Y yo apenas empezaba a cocinar.
Siempre bromeamos con el ojo de pez y cuando me asomo a mirar quién llegaba me encontré con un auténtico ojo de pez en el visor de la puerta. Era Rodrigo el que tocaba mi timbre chicharrón. Le hice el comentario de su ojo de pez y entró. Al rato fue a meter su nariz a la olla en que se cocía la carne. Un poco después metió la mano y sacó unos pedazos. Conversamos que sería bueno separar el jugo de la carne antes de ponerle la salsa, aprovechar y tomarlo en una taza. Yo tomaba cuando chica o enferma, él también.*
Sirvió chicha mientras seguíamos en la cocina y me preguntó qué quería escuchar. Le dije con timidez que Buddy Holly y debe haber pensado: “Para variar este perno.” Hice show con Lonesome Tears y con Peggy Sue, nos reímos de los jingles y nos dispusimos a almorzar.
Terminamos de comer juntos y eso fue extraño, no se tuvo que quedar mirándome y cuando pidió servir el postre le dije bromeando que prefería dejar el helado para mañana. Protestó y se fundió. Después rehabilitados lo fuimos a buscar a la cocina y tomamos, él dos porciones, yo solo una.
Se acabó el almuerzo e hice la pantomima de irme a acostar. Él entró al baño y cuando salió se terminaba Smokey Joe’s Café y le conté la historia con cierto histrionismo. Me metí al baño simulando misterio y cuando salí estaba echado en mi cama. Le dije: “Pensé que ibas a estar desnudo ya, ¿vas a dormir?”
(Intermedio en la crónica con otra cosa más interesante en papel).
Siempre nos cuesta levantarnos. A Rodrigo más que a mí porque mi voluntad es más férrea. Sonó el despertador y pasó media hora antes de que terminara de vestirme y lo jodiera con un poco más de seriedad para que hiciera lo mismo. Se levantó y yo me eché al revés, es decir, con los pies en la cabecera y la cabeza a los pies de la cama. Quise tomar café y Rodrigo fue a la cocina a poner el agua, quería despertar y fue de golpe cuando me habló para decirme que había que lavar la loza del almuerzo. Me puse de pie muy rápido y llegué a encontrarme presta con el lavaplatos.
Lavé rápido y de forma eficiente mientras él se fue a afinar la guitarra de mi abuela. La guitarra que está guardada en una funda que ella le mandó a hacer a doña Estrella con un cubrecamas de los ochenta, lo que la convierte en una vestimenta muy cool. Estuvo lista el agua y él llegó a preparar el café. Yo no me di cuenta del momento en que le echó azúcar, por eso después cuando él me iba a regalar una canción lo interrumpí para preguntarle.
Serví torta y saqué las galletitas coreanas del amor para amenizar el café. Rodrigo me dijo que me tenía una canción y yo le pregunté si podía no gustarme y lanzarlo por la ventana. Me dijo que sí, pero primero tenía que escucharla. No sé si el título era “Espero que le guste” o “No tienes que pagarme para que te haga versos,” pero estuvo realmente muy bien. Son los momentos en que quiero ponerme a llorar y casi. Dejé el café y me rendí a escucharlo, a admirarlo. Espero que él haya comprendido lo agradecida que estaba y que estoy. Me quedé muy conmovida por ese regalo así que cuando terminó y dejó la guitarra y la armónica fui a sentarme en sus piernas y a abrazarlo.
Se le había olvidado algo la letra y da casi lo mismo, pues la oí completa igual. Yo aprecio profundamente esos regalos, porque entiendo que no son sencillos de dar. Por la timidez y por el miedito que provocan, es difícil y no me extraña que en abril no haya podido y ahora sí. Todos estos días no han pasado en vano y sé que no es un pensamiento cojo cuando creo que el lazo entre nosotros se fortifica cotidianamente.
Por ejemplo, ahora escribo esta crónica que espero que le guste a Rodrigo, sin embargo, hay otras cosas que me habría gustado decir y que las diré, pero no aquí. Las pensé mientras estábamos abrazados y se oían los aviones pasar. Si nos ponemos visionarios podríamos decir que siempre tendremos que lidiar con la Parada Militar para celebrarnos. No es mentira, jamás, que a Rodrigo yo lo amo cada día más. Y espero que le guste este primer regalo y que el otro, el del intermedio, el privado, le guste todavía más.
*Debe ser una señal.
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Originally uploaded by hortensia violencia.
Anduvimos en Quintay un par de días muy buenos. No queríamos venirnos, he ahí la verdad.






