Guardado en: Prosa, Textos | Etiquetas: amor, cosas, el amor, la vida, Prosa
De repente a uno le da con que le gusta alguien. Puede incluso ponerse a pensar en eso mientras viaja en la micro Transantiago cuando hace tanto calor. Incluso sin saber si se comía o no las ligustrinas de su antejardín durante la infancia. Un dos tres, maldad. Belicosidad diría un caballero que nos enseñaba muchas cosas. Después se convierte en un gozo tener unidas las mejillas, ese momento tibio imponderable. De lo espléndido que es poder tomar todo lo magnífico para ponerlo en unos hombros, un mechón de cabello o un poco de sol que cae caprichoso para embellecer algo que ya era bello. Una especie de exceso. De repente a uno le da con que le gusta alguien y tiende a ruborizarse cuando te cazan en que solo hablas con esa persona. Orgullo menos para uno, orgullo más para quien te gusta. Que hay mucho para compartir. El viento de esta tarde me puso los brazos helados. Nos abrigamos, nos sentamos, nos abrazamos. Te permito y me permito compartir contigo ese lugar. Es mío pues. Por eso esa noche pasamos y me permití una risita simplona. Supuse y un poco deseé que acabáramos en el futuro sentados ahí, abrigados abrazándonos. Amén que cuando a uno le da con que le gusta alguien se corre el riesgo de comprobarlo. Sí, hubo de gustarme más que su forma de reír y de articular las palabras.
Yo digo todo esto porque conocí a alguien que de pronto pensé que me gustaba. Y creo que uno podría pasar por esto con cualquier persona, después viene la comprobación. La tuve. Ahí viene que uno podría enamorarse de cualquiera también, pero hay que dar cierto pie que uno no da si no se siente a gusto. Uno de los gustos más grandes que yo tengo es el de tenderme y las siestas. Yo dormí con el joven y empecé a ansiar más que las pocas cosas que esperaba cuando lo empujé a una decisión sobre lo que habríamos de hacer antes de que se terminara el mundo. Yo esperaba tantas cosas. Realmente no esperaba tantas cosas, no tantas cosas como las que he obtenido. Es que todo fue de repente, solo alcancé a ansiarlo a él, ninguna otra cosa. Pero es cierto que le dije que esperaba tantas cosas y él desesperó con eso y ejecutó. Después vino que nos enamoramos como por ley sobrenatural. Y no esperaba TANTAS cosas, siendo con esto un poco insensata que esperándolo a él debí suponer que era mucho lo que recibiría. Bonito que de repente me diera con que me gustaba el bonito.



