Siempre pensé que el tipo mentía. Alguien tan perezoso no puede estar tan acorde a sus planes, es decir, no puede marchar junto a ellos. Por hoy me quedo en casa y tal vez debería trabajar, pero perdí la oportunidad de emplearme. No podré salir hoy a ningún sitio.
Alguien ha traído un perro que me despertó con sus aullidos a las ocho de la mañana. Es un cachorro. El verano pasado había un perro que al parecer se quedó solo en enero y lloraba todo el día, eso sí esto pasó en una de las casas de atrás. Yo me sentía en correspondencia con él por lo malo que es el verano. Los únicos buenos eran los veranos en Pichidangui con tanto viento y la salida de baño a rayas. La casa, junto con los dineros y la familia que jamás volvimos a tener. Nos fuimos desmembrando y ahora somos unos pocos por aquí, otros pocos por allá y otros pocos más allá. En las fotos de año nuevo cada vez somos menos y este último verano, el del perro que lloraba, ni siquiera salimos juntos.
Cuando iba al baño escuchaba al perro llorar y me sentía triste yo también. Porque había un perro solo encerrado en un patio chico y porque el verano tampoco es época amable.
Hace cuatro veranos tenía un cabello muy largo. Me gustaba eso y a él también. Estábamos no tan lejos pero un poco aislados. Habían pasado unos días y quise lavármelo. La señora me dio un lavatorio rojo y shampoo de manzanilla, cuyo aroma me gustaba. Salí al patio donde el viento meneaba esos árboles sonajeros que de noche me daban escalofríos. Me puse a un costado de la casa, debajo de la terraza, había viento, sonaban los árboles y pensé que para cuando terminara de lavarme el pelo tendría frío.
Me dio frío. Enjuagándome me mojé la polera y la espalda. Me quedé de pie cuando acabé dejando que el viento me ayudara a secarme. Ese momento fue muy agradable. Entré a cambiarme la polera y me abrigué un poco más. Salí a la terraza a colgar la toalla y me quedé esperándolo. Apareció y me dijo vamos. Yo debo reconocer que no quería ir, me incomodaban las personas a las que iríamos a ver, sin embargo, asentí y salimos. Bajábamos por la colinita que aunque baja era empinada y de pronto le dije que no quería ir. No respondió y seguimos caminando. Llegábamos al pueblo y le dije de nuevo que no quería ir. No dijo nada. En el puente lo repetí. Me dijo puedes quedarte aquí. Se marchó y yo me quedé ahí. No me gustó ese verano.
No me gustó porque a la semana subsiguiente estábamos en Algarrobo y él parecía que no estaba ahí. A él no le gustó. Con mi hermano en cambio sabíamos qué hacer pero a él no lo satisfacían las actividades. Yo nunca le dije que se fuera, no en el verano. Después sí le dije, aquí en Santiago, y no quiso, pero se tuvo que ir igual. En el recuento hago casi como si no hubiera ido conmigo. No, no fue conmigo, no pienso. A Pichidangui el año anterior sí fue, pero llegó solo, después. Ahí eran otros tiempos que no alcanzo a estropear, no deseo hacerlo. Un perrito me despertó esta mañana, pero el verano no ha comenzado. No sé, no sé. Que no dejen al perro de la casa de atrás solo otra vez porque lo pasó muy mal. No sé si lo digo también por mí, porque lo que recapitulé no es sobre eso sino justamente de lo contrario y tampoco es como que haya estado bueno no estar sola un rato en los veranos. No sé, no sé, el verano a mí me deja en entredicho.