Estábamos de noche en el rancho del Cabo Polonio durante las vacaciones en Uruguay y yo le recité a A. unos cuantos cantos de Altazor. Estábamos bebiendo el vino suelto rosado, dulce, suave, levemente arrebatador. Yo tenía sueño desde antes de beber y un poco me reanimé en lugar de aletargarme más con el vino. Le leía y luego le destacaba a A. que la vida no era más que un viaje en paracaídas y no lo que él creía. Después, hicimos una canción que contaba sobre el viaje mismo. Todo es el viaje siempre, el viaje y el amor. La canción hablaba del viaje, del nuestro, y hablaba del amor, del nuestro también.
Todo el asunto con respecto al viaje y el amor comenzó en tercero medio, que fue también cuando se nos dio a conocer Altazor en las mercedarias. Luego yo he pensado mucho en ello, en que la vida es un meta viaje y es muy probable que sea en paracaídas. Hoy quise vacilar con respecto a eso durante un momento, sin embargo, me mantengo en lo que he pensado durante ya varios años. Uno viene a la vida nada más a esperar la muerte y hay que hacerlo de la forma que uno estime mejor. No vaya a ser que de repente se le acaben los días a uno y parezca como si nada hubiera sucedido.
Tengo todos los días para quererlos, a todos, de todos los viajes. Ayer terminaba de leer un libro que A. me dio en Navidad y ahí estaba también Henry Miller apuntalándome. Tenía un problema en la aduana para ingresar a Inglaterra y después se ponía a pensar en que todo lo que hacemos es viajar, y que la Tierra viaja con nosotros y tal, viaje viaje viaje. Todos son viajes, la travesía del verano junto a A. por el río de la Plata y la costa uruguaya, la travesía junto a A. para venir desde el campus a mi casa esperando el alimentador una considerable cantidad de minutos, el viaje al metro por la mañana junto a mi tía en su auto, la caminata breve hasta la puerta para ir a recibir a mi padre, todo es viaje. Todo es viaje infinito de la vida a la muerte.
Mi madre celebraba el otro día que A. gustara tanto de pasear como yo. Lo celebro también y creo que puede entenderme cuando me pongo a decir todas estas cosas aunque él no se tome con tanta paz el viaje hacia la vejez que lleva a la muerte. Yo pienso en Carontes y Cerberos y Perséfones y ya todo me molesta menos. Pienso en que todos mis viajes me llevan bien en mi caída vital. Me preocupa en este momento que todos en este hogar resistamos bien el golpe de la caída de mi abuelo. Y eso viene.
Yo acepto medianamente bien los asuntos de la muerte de otros. Y de la mía también, ya estoy lista porque todos mis días quiero pasarlos viviendo antes de darme el porrazo final. Luego de la muerte de mi bisabuela hace 8 años me empecé a convencer de estas cosas. Y casi le habría dicho a mi madre: “La gente se muere,” a modo de consuelo si no hubiera sabido que no habría aliviado su angustia sino que habría desatado un enojo. A mí me parece bien, me parece razonable y por ello también repito como Altazor que no hay tiempo que perder. Y así, cayendo cayendo aprovechando el tiempo, viajando para dónde haya que ir, estaré hasta el último viaje. Y por ahora, muy dispuesta a acompañar a mi abuelo en el suyo, casi me desanimo, pero lo confirmo, me mantengo.
Y la vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú piensas, así que no hay tiempo que perder. Y más allá del último horizonte, se verá lo que hay que ver.