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Me abrigué, saldré a comprar carne para preparar el almuerzo. También me abrigué porque no me gusta pasar frío cuando estoy en la casa. El otoño vino de nuevo, ando pisando hojas callada o medio cantando cuando voy camino a su casa. Canté muy bien en la ducha esta mañana. Tembló ya dos veces este día, pero fue más fuerte en la madrugada. Algo soñaba pero no tenía que ver con el temblor. Tengo puesto un chaleco grueso que me tejió mi madre. Este año aprendí finalmente a tejer y eso me satisface después de tantos intentos.
Es domingo y no fui a misa. Nunca voy a misa. No soy religiosa. Me levanté poco antes de las diez y desayuné huevos con té que me dieron para mi último cumpleaños. Iré a comprar carne para preparar el almuerzo. Luego vengo y pienso seguir escribiendo algunas cosas más, para que no se me enfríe ni la cabeza ni los dedos.
Estábamos de noche en el rancho del Cabo Polonio durante las vacaciones en Uruguay y yo le recité a A. unos cuantos cantos de Altazor. Estábamos bebiendo el vino suelto rosado, dulce, suave, levemente arrebatador. Yo tenía sueño desde antes de beber y un poco me reanimé en lugar de aletargarme más con el vino. Le leía y luego le destacaba a A. que la vida no era más que un viaje en paracaídas y no lo que él creía. Después, hicimos una canción que contaba sobre el viaje mismo. Todo es el viaje siempre, el viaje y el amor. La canción hablaba del viaje, del nuestro, y hablaba del amor, del nuestro también.
Todo el asunto con respecto al viaje y el amor comenzó en tercero medio, que fue también cuando se nos dio a conocer Altazor en las mercedarias. Luego yo he pensado mucho en ello, en que la vida es un meta viaje y es muy probable que sea en paracaídas. Hoy quise vacilar con respecto a eso durante un momento, sin embargo, me mantengo en lo que he pensado durante ya varios años. Uno viene a la vida nada más a esperar la muerte y hay que hacerlo de la forma que uno estime mejor. No vaya a ser que de repente se le acaben los días a uno y parezca como si nada hubiera sucedido.
Tengo todos los días para quererlos, a todos, de todos los viajes. Ayer terminaba de leer un libro que A. me dio en Navidad y ahí estaba también Henry Miller apuntalándome. Tenía un problema en la aduana para ingresar a Inglaterra y después se ponía a pensar en que todo lo que hacemos es viajar, y que la Tierra viaja con nosotros y tal, viaje viaje viaje. Todos son viajes, la travesía del verano junto a A. por el río de la Plata y la costa uruguaya, la travesía junto a A. para venir desde el campus a mi casa esperando el alimentador una considerable cantidad de minutos, el viaje al metro por la mañana junto a mi tía en su auto, la caminata breve hasta la puerta para ir a recibir a mi padre, todo es viaje. Todo es viaje infinito de la vida a la muerte.
Mi madre celebraba el otro día que A. gustara tanto de pasear como yo. Lo celebro también y creo que puede entenderme cuando me pongo a decir todas estas cosas aunque él no se tome con tanta paz el viaje hacia la vejez que lleva a la muerte. Yo pienso en Carontes y Cerberos y Perséfones y ya todo me molesta menos. Pienso en que todos mis viajes me llevan bien en mi caída vital. Me preocupa en este momento que todos en este hogar resistamos bien el golpe de la caída de mi abuelo. Y eso viene.
Yo acepto medianamente bien los asuntos de la muerte de otros. Y de la mía también, ya estoy lista porque todos mis días quiero pasarlos viviendo antes de darme el porrazo final. Luego de la muerte de mi bisabuela hace 8 años me empecé a convencer de estas cosas. Y casi le habría dicho a mi madre: “La gente se muere,” a modo de consuelo si no hubiera sabido que no habría aliviado su angustia sino que habría desatado un enojo. A mí me parece bien, me parece razonable y por ello también repito como Altazor que no hay tiempo que perder. Y así, cayendo cayendo aprovechando el tiempo, viajando para dónde haya que ir, estaré hasta el último viaje. Y por ahora, muy dispuesta a acompañar a mi abuelo en el suyo, casi me desanimo, pero lo confirmo, me mantengo.
Y la vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú piensas, así que no hay tiempo que perder. Y más allá del último horizonte, se verá lo que hay que ver.
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Se me ocurrió que podíamos salir a ver el mar. De la mano o abrazados. Corría el viento. A veces yo no veo muy bien, pero tengo muy buen olfato. El estómago se me revuelve cuando me resiento. Esa mañana no fue así. O era la madrugada, tal vez. Salimos juntos, yo no quería un compañero cuando él llegó a mi lado. Vino de noche, movido por un céfiro tórrido cayó justo en mi cintura. Yo, resignada y complacida, lo dejé retozar en mi pecho para siempre. Para siempre que es lo que tenga que ser, lo que vaya a ser. A veces me he sentido como Penélope, otras como Calipso, no he querido sentirme como Helena. Tengo mis estaciones, vivo por temporadas y el estío en su último paso me dejó más flores que cualquier primavera. Guardé la última flor en un libro blanco. La flor era blanca y se ha puesto amarillenta. No tiene más de un mes y ya se quiere quedar inmortal entre unas páginas amorosas de palabras apasionadas. Yo paso, vivo para esperar el verano, vivo para que me llegue algún día la muerte y no morir la espera.
Aprendí la paciencia de tanto desesperar. No sabía tejer y me enredaba los cabellos por tanto desesperar. Me recuerdo un verano tendida en mi cama, sola porque aquél se había ido. Me recuerdo otro verano tendida en mi cama, nada más sola. Me recuerdo otro verano tendida en mi cama, él se había ido sin embargo no sola. Ahora que sé tejer no necesito pasar más ausencias. Me recuerdo de otro verano, el último, tendida en nuestra cama, con él. Luego nos levantábamos e íbamos a mirar el amanecer en el mar. Ése es un momento interminable que conservo. Atrapado. Nunca dejamos de mirar el amanecer, el sol viniendo a consolarnos desde el océano. A persuadirnos de la vida y su conveniencia, aunque fútil, conveniencia al fin. Cuán conveniente fue verlo aparecer muy atlántico mientras yo estaba al lado de él. Persuadida al fin me regresé al hogar con el sol para siempre conmigo, para siempre así como a él que lo dejé retozar para siempre en mi pecho. Y dormitar, y soñar. Fue inevitable, yo no lo quería conmigo, no por ser él, sino por no abandonarme y no ser Penélope, ni Calipso, ni Helena. Mas fue inevitable, todo a él le ha sido permitido y puede tomar cuanto quiera. Para siempre que es hasta cuando sea, hasta cuando vaya a ser. Conocía antes lo que era un equinoccio, yo florecí un mes después del solsticio de verano. Las hortensias son así. Florezco.
Se me ocurrió que podíamos salir a ver el mar. De la mano o abrazados. En la esquina ésa cuando ya estaba anocheciendo. No lo había decidido aún, pero con seguridad se me ocurrió esa noche, como todo lo demás. Que lo intuí todo, quizás, que mi buen olfato y todo lo demás. Se me ocurrió eso que contaba sobre el mar, un mes después del solsticio de verano y un poco más, también se me ocurrió que para siempre, hasta cuando vaya a ser, nos podríamos amar.
Y yo le pregunté en el café desde cuándo estábamos juntos. Y por suerte estábamos juntos desde el mismo día.
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Para A.
Cántame lo que te sepas, aunque sea un verso.
Yo te voy a escuchar con toda la atención, lo prometo.
Si te pido, cántame, aunque sea un pedacito.
Lo estoy pidiendo de corazón, hazlo, por amor.
Un poquito, para escuchar tu voz.
Un poquito, cuando haya silencio y quiera de ti una canción.
Cántame lo que te sepas, por favor.
Con mis palabras grandes tomadas de mi cintura me fui a viajar. Una vez estaba en mi cama mirando el techo y pensé que debía irme. Estaba sola, con la cabeza apretada, había una gran presión en mi habitación. Me fui, tomé el auto, era rojo. Me fui por una carretera, larga, directa. Me fui hasta donde estaba F. y le dije no te quiero más. Tanto te he esperado que ya no te quiero más. ¿Te acuerdas que la temporada pasada vine también? Entonces te quería, ya no más. Vine la temporada pasada y estabas con otra mujer. Yo no puedo contra eso, me desarmé toda. Hoy vengo para explicarme contigo y decirte que no más. Ya no te quiero más. Me marché de ese lugar espantoso y fantástico en el auto, no volvería otra vez en mi vida entera. Me fui. En el auto regresé a la ciudad y en mi casa la habitación se sentía más liviana.
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Frambuesas, hechas jugo y en sus cajoncitos veraniegos de principios de los noventa. Ahora cuando tenemos suerte llega a casa alguno de ésos. Una de las frutas favoritas.
Arándano, morir por el pastel de yogurt de arándano. Comprar en la pastelería que empieza con M y termina con T.
Chirimoya (alegre), el postre siempre me es difícil puesto que me esmero obstinadamente en llenarme durante el plato de fondo, sin embargo, la chirimoya alegre (con naranjas) siempre será bien recibida. Un regalo veraniego, me da alegría.
Plátano, muy para comerse en invierno, jamás maduro maduro. Siempre lo elijo casi verde para que cuando me vaya a comer uno esté a medio madurar. Machucado me carga, a veces se me machucaba en la mochila al colegio cuando chica y no me gustaba que me lo mandaran como colación por eso.
Granada, el fruto del averno y una tentación infinita. Desde pequeña me gustaba mancharme con el juguito rojo y mancharle la ropa a las tías. Esos granitos son divinos, pensaba que eran dientes. Perséfone se quedó con Hades por la granada, yo también me habría quedado.
Mandarina, ay. La cáscara fina y el olor que se queda en los dedos me fascina, es todo lo contrario a picar cebolla o ajo. Un siete, felicidad. Pequeña y fresca que me recuerda a mí, ¿cómo estuve?
Clementina, muy similar afición a la que siento por la mandarina.
Tangerina, ídem.
Níspero, había un árbol que los daba muy rico donde la abuela, ahora se apestó pues no lo podaron así que no dio, no obstante, de los recuerdos de temporada de níspero, puras cosas ricas. Y las pepas resbalosas, completamente escupibles.
Coco, el agua, más que nada el agua. Ahora mi mamá me quiere echar aceite de coco en el pelo para que no se me partan las puntas, yo no sé.
Mora, comí en abundancia cuando fui a conocer el campo, para allá para el interior de Linares, la Vega del Molino, lugar de donde proviene mi familia. Mucho tiempo atrás, mucho.
Sandía, helada y por favor no harinosa. Hasta desabrida la podría pasar pero jamás seca o harinosa. Un refresco veraniego.
Cereza, también había árbol donde la abuela. Los azahares son de los más bellos y las cerezas uno de los mejores frutos, aunque los picoteaban los gorriones. Comíamos mucha cereza. Preferible a la guinda que puede ser muy ácida.
Dátil, por puro dármelas de exótica. La tía trajo de Israel cuando estudió allá, solo ahí lo probé. También probé el agua del Mar Muerto y no es recomendable, aceite con kilos de sal, por favor no lo hagan si tienen la oportunidad.
Manzana, verde o fuji. Morir, pequeñas en la colación escolar.
Pera, pera de agua es una de las favoritas también. Pera de agua cocida con canela, un buen postre para pasar enfermedades aburrida en cama.
Durazno, ay, de todos el durazno plátano o un nectarín, son exquisitos y no poseen el lío de los pelos. Mi madre es alérgica a los duraznos peludos y son sus favoritos. Lo otro bueno son los duraznos en conserva y claro, los huesillos, aunque de éstos prefiero su jugo (con mote).
Tomate, cinco estrellas. Un siete, otro siete. De Limache. Adoro elegirlos, los amo. El jugo de tomates es la ambrosía, tiene que ser la ambrosía. Y la salsa de tomates…
Palta, amor/odio. Soy muy quisquillosa. Una hilacha, la palta rechazada. Un atisbo de que se está pasando, rechazada. Hass que no es hass sino por fuera, rechazada. Hass, Inverniza y a lo más Ester debe ser, para comer de otro tipo tiene que estar muy muy buena. Y me encanta la palta. Racismo frutal.
Kiwi, a diferencia de mi madre, lo prefiero maduro, blandito y medio dulzón. Ella me los encarga verdes verdes verdes. Duros como pelota de tenis.
Tuna, buena, pero las pepas son conflictivas al comerla y las espinas al pelarla. Buena.
Papaya, las mejores hasta el momento son las de Cahuil, en la sexta región. Y no las de La Serena, que son las más famosillas. Miel de papaya, otro postulante a ser la ambrosía.
Melón, calameño jamás. Melón tuna, un amor. Ese olor me mata desde lejos cuando camino por la feria.
Damasco, exquisitos pero muy frágiles. Yo los comería paseándolos en mi bolso, sin embargo, se machucan con mucha facilidad y luego quedan como pasados. Me gustan mucho mucho, esa textura. Bieen.
Frutillas, frutillones maduros, con crema. Frutillas con crema era parte también de cierto cuadro erótico que construíamos con una amiga en la época escolar.
Membrillo, lo típico, con sal. Y el dulce de mebrillo a veces; me recuerda a las onces invernales donde la abuela cuando chica.
Piña, como es medio complicada me voy a elegir una a mi supermercado vecino que comienza con L y termina con R y se la paso al señor que opera la maquinita que les quita la cáscara y les saca el jugo. Eso me lo llevo en un recipiente a la casa y el mejor postre para el veranito. También se puede hacer una bebida con helado del mismo sabor o hielo, en la licuadora. Muy bueno…
Uvas, muchas me gustan pero de todas la moscatel. Dulce, dulce, dulce. Así mismo es como me muero por el vino dulce hecho de moscatel. O el Huancara de moscatel de Alejandría o la chicha artesanal de moscatel que venden en las Pipas de Einstein. Mos-ca-tel. Incluso el vino suelto del Cabo Polonio. Moscatel hasta el fin, el otro día me compré un kilo. No defraudó. Y para picotear, sultaninas. Pasas también… sultaninas.
Ciruelas, aunque estén ácidas me las como. No sé por qué, ni sé bien si me gustan. Parece que lo que más disfruto es morder la cáscara y sentir una acidez en la lengua. Buenas.
Naranjas, no las sé comprar. Me cuesta encontrar realmente las “pura fanta” o unas decentes naranjas de mesa. No sé adivinar cómo están por dentro. Adoro exprimirlas y tomarme un vaso de jugo.
Limón, antes comía con sal. Con la Cami en especial. Luego me asusté por mis dientes y ahora solo como aderezo. Pero me gusta harto.
Lúcuma, algo especial. Cuando hay, como.
Higos, lo mismo.
Esto es lo que digo en este momento de las frutas.
A A. por el interés y todo.
Margarita viajó un 8 de noviembre a la playa sin nombre. La noche anterior recibió un mail de Carlos. Tomó el bus temprano, olía a mañana lánguida y al café que ella llevaba en su mochila. El café, tanto le gustaba el café y lo llevaba en la mochila más que como un peso físico, le pesaba en el corazón. Se demoraría un par de horas y estaría sentada en la arena, entonces volvería tal vez a encontrarse con la historia de Carlos, con la historia con Carlos.
Carlos le había dicho hace unos meses, cuando dejaron de verse, que no podría vivir sin ella, que sin su amor se perdía. Margarita cerró los ojos y los oídos y se alejó caminando, doblando esquinas y metiéndose en un vagón de metro, perdiéndose y ahogándose porque también el metro le pesaba.
La noche anterior Margarita abrió su casilla y estaba el mensaje de Carlos. Comenzaba disculpándose, como siempre: “Lo siento…” y agregaba “pero debía mandarte esto, es para ti.” Y firmaba: “Carlos”. El nombre solitario sin el usual aunque anacrónico “Tuyo siempre, Carlos” le sonó como el retumbar de algo hueco, dentro de ella sentía hueco al leer esa firma, por merecerla sin que Carlos supiera que la merecía.
Lo que Carlos le enviaba era un mp3. De inmediato a Margarita se le anudó el estómago. Siempre él le había hecho unas canciones esponjosas y azucaradas pero muy honestas y tembló al pensar que sería una más de ellas. Pensó que lo más apropiado, si se hubiera podido, habría sido devolver al remitente, sin embargo, se animó y bajó el archivo para escucharlo. No era una de las canciones de Carlos.
“Esta canción tan vieja,” pensó Margarita al oírla. Se habían reído justamente echados en la arena de esa canción. La “Margarita” de la Nueva Ola, la de Carlos Contreras. Carlos le había dicho: “Cuando te vayas cantaré:
“Ven junto al mar donde yo estoy
esperando por ti, preguntando por ti
en la playa que guarda tu recuerdo.
Rezo tu nombre en mi canción
Margarita, Margarita
Sin tu amor en la arena yo me pierdo…”
Entonces siempre Carlos olvidaba la letra y Margarita la continuaba con una sorna sobreactuada y voz de cómico sufrir:
“Vi tu pañuelo blanco como tu alma
diciendo adiós, diciendo adiós.
En estas horas muertas de mar en calma
Oigo tu voz, oigo tu voooooz.”
Carlos le había dicho que la cantaría cuando ella se marchara porque lejos de Margarita no viviría. Margarita se había ido, se había alejado de él muy lejos de la playa sin agitar ningún pañuelo blanco para despedirse de él. Margarita no quiso recordar ese momento hasta llegar a la playa donde esperaba y no esperaba que estuviera Carlos perdido en la arena.
No estaba Carlos, así que se sentó pensando en que era un alivio pues no era bueno que se vieran y un poco decepcionada porque Carlos el de la canción estaba esperando a su Margarita. Entonces Margarita pensó que tal vez la chica de la canción no había sido como ella y que quizás su Carlitos tenía motivos para esperarla. Carlos no debía haberle mandado ese mp3 ni acordarse de ella, pero él ni idea tenía y preguntaba por Margarita en el mar que guardaba su recuerdo.
Margarita se sentó en la arena y aunque aún era temprano el sol le entibió los pies descalzados hace poco. Miró al mar, pensó en horas muertas de mar en calma y apretó play en su reproductor. Escuchó, escuchó todos los versos y pensaba en Carlos, luego en el café y en el metro. En los caprichos, en el pañuelo blanco de la otra Margarita con su alma blanca como las margaritas mismas. En los pecados, en si existían o no y en si había sido pecado, luego en que no importaba si había sido pecado o no pero que era una infamia para con Carlos. Que por qué debían importar tanto los detalles cuando ya no tenía a Carlos cuando lo había perdido y él no lo sabía.
La tarde que dejó a Carlos ella le dijo lo siguiente: “No puedo estar más contigo, creo que ni siquiera puedo estar con alguien. No sirvo para las relaciones de pareja.” Carlos se quedó sin decir nada, encogido de hombros, pero sin convencerse. Ella se marchó y se metió en el metro lleno y caliente. Carlos le mandaba un mail con un mp3 nostálgico y ella se decía: “Por caliente, porque el metro iba muy lleno y por caliente.”
“Por caliente,” se repitió. Y quizás Carlos lo sabía y por quererla tanto hizo como que no. Y ella por quererlo menos a pesar de quererlo tanto mejor se alejó de él. “Porque no se lo vuelvo a hacer y porque no puedo contárselo,” concluyó. Y ahora él ya no bromeaba con que estaba en un mar preguntando por ella, cantando su nombre. Pero no había pañuelo blanco. Margarita tomó su celular y marcó al de Carlos. Dijo: “Aló. Ahora oyes mi voz y espero que puedas vivir lejos de mí. No me ames siempre, te dejé por caliente, no tengo el alma blanca, te dije adiós cochina como podía, no podía ser de otra forma. No oigas mi voz, vive lejos de mí, no me ames siempre.” Cortó. Se puso de pie, caminó hasta la carretera a esperar el bus. Carlos no estaba, no vendría, Carlos le preguntaría en unos minutos, en unos días, en unos años. Margarita tendría que confesarle que se metió con un tipo que conoció en la combinación del metro y que cuando no pudieron subirse al tren la invitó a un café. Entonces Carlos nunca más cantaría (y con justicia y con la aceptación final de Margarita):
“Lejos de ti no viviré
Margarita, porque siempre
Margarita, te amaré.”
***Todo el viaje para forzarse a decirle la verdad al pobre Carlos, porque Margarita sabía que él luego le preguntaría. Pobre Margarita, se le olvidó tomar una taza de café en el bus de regreso porque antes se le olvidaron otras cosas más importantes y se tomó otra por ahí quizás dónde. Ay, Margarita, Margarita…





