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Originally uploaded by hortensia violencia.
Rodrigo tenía 19 años. Hace casi dos lo había conocido en la universidad cuando resultamos ser compañeros de curso. Yo nunca había tenido compañeros en el colegio ni él había tenido compañeras en el San Ignacio (el de Pocuro, el de los niños que le gustaban a la Solari). La primera vez que lo vi me gustó como sonreía. Fue en la escalera del edificio de la escuela y claro, no me iba sonriendo a mí así que muy pronto lo olvidé. Al día siguiente hablamos por primera vez. Él estaba sentado detrás mío y yo me volteé y le dije: “Hola”. Me miró y me contestó: “Hola.” Después de eso me di vuelta y no le dije nada más. Él tampoco.
Era la primera semana de enero y yo estaba en la Plaza Ñuñoa esperándolo para una cita en la vereda norte de Irarrázaval. Estaba sentada en una banca y unos niñitos andaban en un scooter con cierta destreza. La hermanita pequeña quería jugar y ellos no la dejaron. La mandaron a sentarse a la misma banca en que yo esperaba a Rodrigo. De pronto se desganchó un árbol y si la pequeña no se corre le cae encima la tremenda rama. Se acurrucó en mí y me dio pena. Me paré y decidí ir a ver al otro lado de la plaza, no fuera a ser que Rodrigo me estuviera esperando a la bajada de la 318. Al lado sur de Irarrázaval me lo encontré, sentado en la orilla del pasto, con bermudas y la polera de los Rolling Stones.
Después me invitó a su casa y me dijo que tomara una micro que no me servía. Llegué de todos modos al lugar donde acordamos encontrarnos y se preguntó por qué llegué por el otro lado. Le expliqué que la micro no pasaba más por su casa y que había caminado varias cuadras perdida y después no perdida. Nos sentamos en la cuneta de Príncipe de Gales con Pedro Lobos a esperar a Vladimir, que también estaba invitado. Él se disculpaba por haberme perdido en la micro y me preguntaba si estaba enojada. Yo estaba molesta con él por otra cosa y quizás ni se dio cuenta en todo el día. Me dijo: “Pucha, no vas a querer venir nunca más a mi casa.” Yo quería ir todas las veces que me invitara. Pensé en decirle ahí que me gustaba, pero nos quedamos callados, sentados en la cuneta, cada uno mirándose sus rodillas dobladas. Llegó la 227 que traía a Vladimir.
Rodrigo tenía 19 años y no era ya el jovencito que tenía una linda sonrisa. Cuando tuvo su pena de amor me dijo: “Quería hablar contigo de esto porque tú eres mi mejor amiga.” Luego yo lloré también por su pena de amor, porque no encontré que fuera justa su tristeza. En conversaciones más festivas me dijo: “Cuando tenga una novia me gustaría llevarme con ella tan bien como contigo.” Y yo le había dicho también: “De todos mis amigos con el único que pololearía sería contigo.” También bromeábamos con que éramos pololos o nos decíamos uno que otro requiebro, pero sin la intención de la maldad. Yo a Rodrigo lo quería mucho y le podría haber dicho: “Tú también eres mi mejor amigo.”
La penúltima semana de enero nos juntamos en Los Leones con Bilbao. Él me iba a llevar a un lugar que le gustaba y que cuando fuimos a la Plaza Ñuñoa quedó pendiente. Ya había una maldad y yo le había dejado claves que él podía interpretar o dejar pasar en honor a la amistad que teníamos. Claves como escritos relacionados con un autor del que ambos gustábamos y frases suyas tales como: “Bésame como artista de cine.” Y ese día nos juntamos y yo sin tener que decirle que me besara como artista de cine, lo hizo y me habló como artista de cine, diciéndome la frase que conquistó mi corazón por completo: “¿Vamos al auto y nos damos muchos besos?” Y yo le dije: “Sí,” porque era necesario que fuéramos, porque era como si hubiéramos tenido que darnos muchos besos hace tanto tiempo, así que debíamos hacerlo. Ahí Rodrigo tenía 19 años, lo quería mucho y era mi mejor amigo. Hasta ahí Rodrigo solo significaba eso, hasta ahí…





Me acabo de dar cuenta conversando con A. de que no había promocionado mi blog/Diario de viaje/Recopilación de crónicas