Me faltaba una experiencia en el Transantiago. Trasbordos, largas esperas, escuchar a la eterna vieja reclamando al chofer pero sin decirle al chofer o reclamándole al escolar pero sin decirle al escolar. Una vez en la 505 el conductor me culpó de no pasar la tarjeta y yo me ofendí. El miércoles se me pasaron OCHO 503, OCHO y aún no lo termino de creer. Para qué decir las esperas de la B04, que con el comienzo del año escolar pretendo cambiar por B01 y el asquito que me dan los nuevos ventiladores escupidores del metro. Lo que nunca había vivido es la Zona Paga. El Mercurio me dio esa posibilidad.
Desde el 2 de enero voy cada mañana de lunes a viernes a la Zona Paga de Américo Vespucio con Independencia. Ahí sin falta espero la 305, la 305c o la 309, la que llegue primero, a la que me pueda subir.
La primera semana escuché que uno de los jóvenes monitores del lugar conversaba con una señora en la parada. Pasaban las 308, que al igual que las otras vienen desde Quilicura, pero que sigue otro recorrido pues dobla hacia el centro por Independencia y nadie la toma nunca, y él le contaba un poco a la dama de su vida. Estudiaba sonido y era evangélico, le gustaba la música, específicamente el aggrometal y tenía una banda de aggrometal cristiana. Después siempre lo identifiqué por eso.
Más o menos han trabajado en estos meses las mismas personas en la Zona Paga. Ese niño del aggro se quedó siempre para asistir en la puerta delantera de la micro. En la trasera estaba un amigo suyo que después pinchó con una niña que estaba en el validador. En febrero llegó otra niña que de a poco empezó a arrimarse al chico del aggro y ahora puedo decir que hay una flor.
En las Zonas Pagas hay dos tipos de funcionarios: con ropa amarilla y con ropa negra. Los de ropa negra son como supervisores de los otros pero en mi ZP huevean de igual a igual. Uno es una mujer de alrededor de treinta, bajita, morena y pelo crespo. El otro es uno bien ídolo que llegó no hace mucho y se quiso hacer el lindo conmigo.
No hicimos cuenta regresiva como los fans de Harry Potter el día del lanzamiento del último número. Los cinco minutos pasaron y las luces se apagaron. Se me apretó el estómago y la gente empezó a gritar. Fanfarrias. Exóticas fanfarrias. Una voz en off tipo Las Vegas presenta a “el máximo” exponente del rock and roll. ¡MISTER BOB DYLAN! Y entró caminando como si nada con la guitarra colgando del cuello. Rodrigo se apresuró a grabar y no lo miró cuando llegó… yo le dije: “¡Rorro, míralo!” Es que yo quería tener más ojos para verlo y más memoria para acordarme de eso por mucho mucho tiempo.
Entonces me quedé sin poder cantar ni nada. Me quedé agarrada a la baranda de la platea alta mirando a Bob. Me puse a pensar mil cosas mientras escuchaba y observaba. En todo el espectáculo no me importó que cambiara versiones ni que ya no cantara. A ratos pensaba: Hemos venido a ver a un declamador. Daba lo mismo, siempre supimos que iríamos a ver a un declamador. Más bien, fuimos a ver a nuestro declamador favorito.
Lo que pensé en varios momentos fue en el precio de la entrada. No estuve segura si estuvo justo el precio que pagamos o no. Que quizás debimos haber comprado una entrada carísima o una más barata, pues para el caso igual mezclaron a la gente en la platea alta con la de galería (a fin de cuentas nos cagaron igual, aunque pasó piola).
Me imaginé cosas rebuscadas como: “Qué fortuna. Él vio en vivo a Buddy Holly en su última gira… ha sobrevivido para que yo pudiera verlo a él”. Eso lo encontré mágico, una especie de ciclo, como de cambio de aire y de ambiente. Algo así como esos seis grados de separación entre una persona y otra. Ambos estuvimos en la misma posición… algo muy místico.
A partir de esa primera relación llegan muchas más. Que los Beatles, que el Johnny Cash, que la Joan Baez… puras leseras más que conocidas. Puras leseras que dimensioné con Dylan ahí en el escenario. Uno más de todos esos nombres estaba ahí en el escenario, tocando para uno y solo habíamos pagado 27 mil pesos para eso. Claro, tocando para nosotros y 9 mil más, pero nunca antes había tocado para nosotros (aunque le importe poco).
Quizás por eso algunos se molestaron con el cambio de las versiones. A fin de cuentas uno paga por un servicio: ¿por el tipo y sus canciones? No se podía pedir devolución por el estado de su voz, por su distancia con la audiencia. Tampoco creo que se pueda pedir devolución si no reconocieron la que fue por años la canción favorita. Creo que el servicio era: el significado del tipo. Nuestro declamador favorito con nuestras canciones favoritas, interpretadas por él.
Hola, hoy quiero hacer un alto en el tono de mi blog para destacar un tema musical que me intriga hace una buena cantidad de meses (demasiados).
De de los mil éxitos que el reggaeton nos ha entregado en los últimos años, ninguno me ha quedado más grabado que “Perdóname (si alguna vez)”, de La Factoría feat Eddy Lover. Debe ser porque las partes masculinas son interpretadas en falsete y dicen precisamente “Si alguna vez/ sentiste algo lindo por mí/ perdóname/ perdóname”. Escuchándola siempre a la pasada solo podía entender que el hablante lírico estaba lleno de arrepentimiento y rogaba, suplicaba con su voz casi pendiente de un hilo, por el tan ansiado perdón.
Regresaba de El Mercurio esta tarde en la 503 cuando me aburrí de escuchar cómo masticaban chicle con la boca abierta y hacían globitos los dos pasajeros de mis costados. Agarré Iriver y recordé que aún no le saco el concierto de Bob Dylan así que puse la radio. Por cierto, me fui a Oasis, pero cantaban en italiano así que retrocedí un poco. Llegué a Corazón FM 101.3 y me iluminé: “Quiero escuchar esa canción que dice perdóname, perdóname”. Como en dicha estación suelen repetir sus mayores éxitos me dispuse a esperar a que la programaran y tuve esperanzas de que sería durante el trayecto a mi casa.
Promocionaban un Cd editado por la radio con los mejores temas del reggaeton, que por supuesto incluía el que yo andaba buscando. Al rato comenzó “El Carnaval de la Corazón”, con Dj Pinky, que le mandó un saludo a Leo Caprile por haberle dado consejos de locuteo y comenzó la música. “Nos vamos con todo en el día de hoy, con La Factoría”, anunció veloz. A mí el nombre del grupo no me dijo nada, pero sí los primeros sones. ERA LA CANCIÓN (y yo tenía demasiada suerte).
La historia resultó ser tan conocida como conmovedora…
Tú me pediste que tomara esa carta como una propuesta de pololeo, aunque no te gustara la palabra. Yo leí todo (incluso aquello), y te dije que sí. A mí tampoco me gustaba la palabra y todavía no me gusta, pero estoy feliz de pololear contigo.
Nos hemos dado dos años, muchos días, muchos besos y muchas cosas, jajajaja.