Archivado en: Música, Textos, Vivencias | Etiquetas: bob dylan, conciertos, cote, dylan, felipe, la vida, La vida real, mari, Música, rock, Rodrigo
No hicimos cuenta regresiva como los fans de Harry Potter el día del lanzamiento del último número. Los cinco minutos pasaron y las luces se apagaron. Se me apretó el estómago y la gente empezó a gritar. Fanfarrias. Exóticas fanfarrias. Una voz en off tipo Las Vegas presenta a “el máximo” exponente del rock and roll. ¡MISTER BOB DYLAN! Y entró caminando como si nada con la guitarra colgando del cuello. Rodrigo se apresuró a grabar y no lo miró cuando llegó… yo le dije: “¡Rorro, míralo!” Es que yo quería tener más ojos para verlo y más memoria para acordarme de eso por mucho mucho tiempo.
Entonces me quedé sin poder cantar ni nada. Me quedé agarrada a la baranda de la platea alta mirando a Bob. Me puse a pensar mil cosas mientras escuchaba y observaba. En todo el espectáculo no me importó que cambiara versiones ni que ya no cantara. A ratos pensaba: Hemos venido a ver a un declamador. Daba lo mismo, siempre supimos que iríamos a ver a un declamador. Más bien, fuimos a ver a nuestro declamador favorito.
Lo que pensé en varios momentos fue en el precio de la entrada. No estuve segura si estuvo justo el precio que pagamos o no. Que quizás debimos haber comprado una entrada carísima o una más barata, pues para el caso igual mezclaron a la gente en la platea alta con la de galería (a fin de cuentas nos cagaron igual, aunque pasó piola).
Me imaginé cosas rebuscadas como: “Qué fortuna. Él vio en vivo a Buddy Holly en su última gira… ha sobrevivido para que yo pudiera verlo a él”. Eso lo encontré mágico, una especie de ciclo, como de cambio de aire y de ambiente. Algo así como esos seis grados de separación entre una persona y otra. Ambos estuvimos en la misma posición… algo muy místico.
A partir de esa primera relación llegan muchas más. Que los Beatles, que el Johnny Cash, que la Joan Baez… puras leseras más que conocidas. Puras leseras que dimensioné con Dylan ahí en el escenario. Uno más de todos esos nombres estaba ahí en el escenario, tocando para uno y solo habíamos pagado 27 mil pesos para eso. Claro, tocando para nosotros y 9 mil más, pero nunca antes había tocado para nosotros (aunque le importe poco).
Quizás por eso algunos se molestaron con el cambio de las versiones. A fin de cuentas uno paga por un servicio: ¿por el tipo y sus canciones? No se podía pedir devolución por el estado de su voz, por su distancia con la audiencia. Tampoco creo que se pueda pedir devolución si no reconocieron la que fue por años la canción favorita. Creo que el servicio era: el significado del tipo. Nuestro declamador favorito con nuestras canciones favoritas, interpretadas por él.
Era la experiencia. No pagar por el servicio, sino por la experiencia. Ni siquiera “pagar”, sino acceder a un pase para tener la experiencia de Bob Dylan en vivo. Si no se entendió “Blowin’ in the wind” aún se podía agradecer porque la incluyó e incluso porque el señor vino a Chile o porque estuvo en el escenario dos horas y no una y media como en México y Brasil. Ahora lo podemos archivar en nuestros diarios de vida (o en nuestros blogs) o presumir delante de los amigos (que no hayan ido), porque lo podremos comentar hasta en hartas décadas más.
Por ejemplo, la joven María José (16), será una de las pocas de su generación que podrá decir: “Yo vi a Bob Dylan en vivo”. Tuvo la suerte de tener la experiencia y nosotros mismos la tuvimos… no pasó lo mismo con los mentados Beatles o el propio Holly. Y si cantó o recitó da lo mismo… hay que agarrar su presentación dentro del contexto: Dylan es un caballero próximo a los setenta años que lleva mucho tiempo trabajando en esto, lo que se nota en el despliegue (aunque casi ni se mueva se despliega igual) y claro, en su voz. Y también es vivo, pues solo tocó un poco la guitarra. Sabe hasta dónde llega y eso me encantó. No hay nada que me conmueva menos que un músico viejo que ya no se la puede y hace como que sí. Que quiere hacer creer al público como que sí y ni él se la traga.
Bobby, aunque ya no sea Bobby, fue sincero. Marcó lo fuerte de sus letras para nosotros, quienes lo fuimos a experimentar, para tener algo que contar… y más, que eso, para tener algo importante en nuestras historias musicales, que rememorar.
(Y me puse a llorar como las chicas en los videos de conciertos del Bon Jovi. Grité solo algunas de las frases de las canciones, no por no entender, sino por escucharlo… por escucharlo remarcar sus versos, para conocer y comprender estas nuevas interpretaciones que no eran un desaire, pienso, sino un regalo).
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fue muy misterioso, sin dudas.
ahora solo tendría que venir NY.
comentario por rodrigo Miércoles, Marzo 26, 2008 @ 6:13 pm