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Mucha música, pero nunca es suficiente. El jueves fuimos al relanzamiento del Similia Similibus y el sábado nos trasladamos a Pirque para el Séptimo Encuentro Nacional de Guitarroneros. Ambos espectáculos nos dejaron muy bien (uno obtiene energía, pues). Al último fuimos con Javiera y Alfredo (les digo así para que se vea que hay cariño, respeto y amistad) y lo pasamos de lo más lindo que hay. Dos imágenes, porque no puedo escribir más (por ahora hasta no sé cuándo, empezamos a redactar nuestro reportaje).
¡Y mañana toca guitarrón! ¡Eeeh!
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7º Encuentro de Guitarroneros, originalmente cargada por Hortensia V..
Me llegó un e-mail de doña Micaela Navarrete con algo que estaba esperando, alguna promoción del Séptimo Encuentro Nacional de Guitarroneros, que se realizará este sábado 22 desde las 18 horas en el Parque Vicente Huidobro (Medialuna, camino a El Principal), en Pirque.
Va a estar lindo (estimo), así que si quieren ir, anímense y acarreen a cuantos quieran.
Escribió: “Dieciseis guitarroneros darán vida al Séptimo Encuentro Nacional de Guitarroneros en la comuna de Pirque. Esta vez el Encuentro estará dedicado a don Segundo Tapia, constructor de los guitarrones que usan los pircanos.
Este instrumento de 25 cuerdas es único en el mundo y fue inventado en Chile central durante el siglo 17 o 18, y con él se acompaña el canto a lo poeta.
Don Segundo ha fabricado más de30 guitarrones y en esta ocasión la elección de los participantes en el Encuentro se realizó de manera que todos los instrumentos que aparezcan en el escenario hayan sido construidos por él.
La Agrupación Herederos del Guitarrón Chileno, que organiza este Encuentro por séptimo año consecutivo, considera que el maestro Segundo merece este homenaje. Seis guitarroneros pircanos, 13 santiaguinos y una estadounidense cantarán versos a lo divino, por sabiduría, harán payas y pies forzados al compás de este hermoso instrumento.
Puestos de cervezas artesanales, de comida y de artesanía acompañarán esta jornada, realizada en el ambiente campestre de Pirque”.
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Debí creer más cuando me dijeron ayer en la tarde que el sol se zambullía en el mar cuando íbamos en un auto paseando por la ciudad. Cosas como aquellas son las que valen para seguir en lo que es la vida.
Yo querría ver eso más seguido. A ver si pronto lo hago. Ahí escribir mi paramour y encontrar mi boudoir (jajaja, intertextualidad).
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No importa que la próxima semana vaya a ser más o menos la vez número 496 que lea el mismo texto. Más de un año después (post Perinv, ocho mil lecturas de correciones, mis comentarios del mal, también los del bien, ese día previo a irnos a Quintay y todo eso) ya está. Los Santos Dumont van a relanzar el Similia Similibus y yo quiero brindar con él, porque hizo ese tan buen trabajo y porque es como es.
Para mañana le tengo un pequeño regalo alusivo sorpresa. Y fue casi pura coincidencia. Le mando puros parabienes.
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Dos cosas. Cuando el conserje no tan simpático me miró con cara de "¿y usted para dónde cree que va?" Yo fui y le dije: "Es que mira, yo a veces estoy y otras veces no estoy". Y entendió... creo. Otra cosa, es cierto que cuando abro la ventana entra la ciudad. Me gusta, pero preferiría que entrara el mar.
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Mi mediodía de ayer (jueves 30 de octubre) lo pasé sentada en el pasto. No portaba el libro que leo estos días, así que agarré el cuaderno (que uso para la memoria y la ayudantía, el cuaderno para mis cosas se me acabó hace una semana y no he ido a comprar otro) y me puse a inventar alguna historia. Empecé con un pie forzado y esto fue:
Está tan lindo el día que no disfruto mi soledad. Ayer canté con ganas, aunque ganas tengo bien pocas. La noche pasada descubrí algo fatal. Fatal me sentí cuando vi que una mujer que no era yo lo apretujaba contra nuestro umbral. El umbral que arrendamos, más bien, con la casa que le sigue. “No la va a entrar. Por la decencia que le quede no la puede entrar”, pensé. Gracias a Dios, que casi desesperanzada me debe haber escuchado, no la hizo entrar.
Se fue ella y entró él. Tengo una vecina muy sapa y no me ha dicho nada, ¿será la primera vez? Esperé media hora antes de llegar yo a casa. Entré y se me vino encima la fatalidad. Él estaba cocinando, salía rico olor y se me llenaban los ojos de lágrimas. Tan dulce el gesto, que hasta dulce era mi espanto. Me asomé a la cocina y dije: “¿qué hay?”. Me sonríe a medias, mira la olla, suelta el cuchillo, se lava las manos, se las seca y contesta: “Ha pasado algo muy malo”. Me mira y entonces se le llenan los ojos de lágrimas a él. Yo quiero que todo termine y le pregunto: “¿qué es?”. “Te engañé, recién”, dijo… y continuó: “pensé que hasta podrías haberme visto”.
Yo apoyada en el umbral de la cocina, él hace un rato apretujado contra nuestro umbral de nuestra casa arrendada. “Lo sé, ¿por qué me lo cuentas?”, articulé. Llora y me asegura: “Es que no me gustó hacerlo”. Yo no lo sé, hace tanto tiempo que no lo sé. Casi nunca me quedo sin ganas de comer, pero él está llorando sobre la cocina, sobre nuestra cocina de nuestra casa. Arrendada, ya sé, tal vez un estado tan precario como el de nosotros mismos, en que todo quedó así. “Hice esto”, dice uno. “Lo sé”, dice el otro.
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Me preguntó si le iba a decir que estaba gordo. Y yo iba directo a abrazarlo por la espalda para decirle que estaba más guapo que nunca, o tan guapo como siempre.
Porque hay espaldas contra las que una nada puede. Ni todo el orgullo, que no vale de nada.









