Para Rodrigo.
Él me dio ese mapa del mar para que pudiera encontrarlo.
Aterricé un sábado cerca de las tres. Alrededor de las seis logré hablar con él.
Lo saludé y me dijo: ¿Ya llegaste?
Le respondí la verdad, para que pudiéramos al fin estar juntos.
Los mapas del mar son hermosos.
Azules o blancos, según el presupuesto del impresor y del comprador.
Gracias a él que me dio uno.
Para que pudiera abrazarlo veintiséis días después.
Me guiaría por las estrellas porque el océano lo abarca todo.
Y me confundiría con la marea de mi vientre.
Con los susurros de los pájaros negros.
Con los chirridos de las puertas negras.
No sabía leer el cielo pero algo me enseñó.
Como tampoco sabía anotar las estrellas sobre mi mapa del mar.
En un punto del océano sus iniciales, lejos de las mías.
Yo, viajando, las tenía que juntar.
Lo único que sabía escribir mientras estaba mareada era eso.
Mis iniciales a cada paso acercándose a las suyas.
Y hacer un círculo sobre su nombre con el anillo que lancé al agua.
Como el objetivo mío, como lo que quería hacer.
Por eso cuando aterricé le dije que estaba muy agradecida.
De su mapa del mar, de las olas blancas que me regaló amoroso.
De las estrellas que vi y que olían a su cuello, a sus ojos, a su sombra.
De que cuando yo hube llegado me esperara todavía.
Para que yo le respondiera que sí, que ya había aterrizado.
La verdad.
La verdad a él.
Para que al fin pudiéramos estar juntos.