Guardado en: Fotografía, Prosa, Textos, Vivencias | Etiquetas: amor, confianza, cosas de mujeres, el amor, intrusear, la vida, La vida real, mujeres, Pandora, Rodrigo, tamara, yo
De Pandora debimos haber aprendido. A ser como ella.
De Pandora aprendí a ser lo contrario.
De Pandora, aprendí.
El sábado desperté sola en la habitación de Rodrigo. Se había ido temprano al trabajo y yo me quise quedar durmiendo un poco más. Su habitación y yo tuvimos un momento íntimo entonces. Un momento que de haber aprendido de Pandora, podría haber aprovechado bien (o muy mal).
Pensé: “Aquí estoy yo y todas sus cosas”. Las cosas, que muchas veces es lo que uno necesita saber para completar el cuadro. Las cosas que están por ahí y que desconozco. Las que no están a la vista o las que están, pero no he tomado ni me familiarizado con ellas. Sus cosas.
Pensé: “Puedo ir a escudriñarlas o pensarlo mejor”. Lo pensé tan bien que me entretuve solo sentada en la orilla de su cama mientras me desayunaba un pan con queso y un tazón de café.
Con mi primer novio el misterio era casi cero. Ahí estaba su pieza y ahí estaba yo intruseándole todo. No tenía cartas de otras chicas, no tenía libros, casi tenía puros casets grabados. Ningún cuaderno donde escribiera, ninguna dedicatoria, ninguna fotografía. Su habitación comenzó a llenarse de cosas nuestras. Primero una bolsa con los papeles que le hacía llegar yo y después esa bolsa se convirtió en una caja sobre la repisa de los casets grabados, que con el tiempo también sumaron Cds grabados y uno que otro siete pulgadas.
Los papeles, los cuadernos que yo llenaba para él, las flores de mayo del 2003 (unos crisantemos que después me regalaría en la última carta que me escribió), ese cojín con el niño sonriente y cachetón que le regalé para su cumpleaños nº16, fotos mías, fotos suyas, fotos del rock. Así, el misterio no me tocó a mí sino a la que vino después. Se tardó en ocultarme de sus cosas, no era muy difícil completar el cuadro.
Ni siquiera sé por qué una quisiera completar el cuadro… tampoco es tan difícil imaginárselo y es más entretenido que ir a hacerlo realidad y que sea desagradable, que el estómago se te haga algo amargo y hondo, algo de lo que te quieres deshacer.
Con mi otro novio fue un poco así. Tanto desorden era EL misterio. Papeles, fotos, cuadernos… yo no tenía idea de lo que había en ellos. Mis cartas quedaban por ahí, por donde cayeran. El suelo, debajo del televisor, del computador, de la cama… ahí mismo donde hubieran sido terminadas de ser leídas. Los intentos de hacer caso a Pandora serían todos desagradables. Había que aprender.
Y una vez un profesor de arte que queríamos mucho nos dijo que siempre había que dejar un poco de misterio en la relación… yo aprendí eso con trabajo y con un poco de trauma. A Rodrigo lo conozco tanto que le respeto todo lo que no me quiera comentar, contar, decir, confesar, relatar. Hemos hablado bastante (como anoche y la entrevista en inglés en que me habló un poco sobre la forma en que comenzó su linda afición por Los Beatles), así que tuve el poder y la buena voluntad de estar ahí con sus cosas e imaginármelas en lugar de toquetearlas frenéticamente en busca de algo desconocido.





