Para hoy tengo ganas de escribir. Escribir un disfrute discreto y quizás alguno más magnificente. Estoy cansada, quiero dormir bastante y no podré todavía. Hay además unos desvíos infernales en el centro de la ciudad que me hacen perder una hora más del día arriba de la micro. La micro que es la 318 y que por ella hoy tengo un amor. Mi amor que se despidió de mí agitando su mano cuando la 318 se alejaba. A veces no alcanzamos a divisarnos y da un poco de pena, pues da lata despedirse, pero más lata no poder hacerlo.
Me pregunto qué tendría que estar haciendo en este momento en que escribo. Inventando un sitio para ancianos o buscando contactos de discípulos de Bruce Lee para un programa ficticio. Puros simulacros en este fin de año universitario, pues también debería pensar en algún argumento para un guión basado en alguna noticia. Pero yo estoy escribiendo en lugar de todo eso. Un poco descanso gracias a este ejercicio.
En agosto comencé un diario y que por supuesto hace tiempo dejó de ser diario. Sin embargo, lo he utilizado bastante y no lo he dejado aún, que es lo que me sucede. O sea, cuando me suceden cosas desagradables abandono diarios y tal. Como el año pasado con mi diario de tapas suaves.
Compré ese cuaderno para que fuera mi diario de viaje. Quería tener uno, una bitácora, qué sé yo. Hace un año, un par de días más quizás, lo abandoné. Mal. Y para el viaje ni siquiera lo llevé, se quedó en Santiago mientras yo estaba allá en Montevideo. Montevideo que no tiene la culpa de nada, pobre. Y ya ni siquiera sé si volveré por ahí este verano o no. Me gustaría regresar alguna vez, por cierto.
No sé si me gustaría recapitular sobre este último año. Lo hago, pero creo que no lo contaré. Tampoco es que escape de sucesos, solo que si me conoce quien lee también conoce los sucesos. Igual no me parece malo nombrar ciertos acontecimientos, yo quiero hablar de algunas cosas que me fueron pasando desde hace un año.
Es poco misterioso que las caminatas con Rodrigo fueron un acierto. Vinimos a darnos tiempo para el otro en el momento justo. Digamos que coincidimos en nuestro instante de buena disposición y luego fueron muchos instantes de buena disposición. Dos meses antes, por ejemplo, habría sido como siempre. Ahí estábamos y por algún motivo curioso no parecíamos personas con penas de amor recientes, las penitas del amor, del amor po. Yo me acuerdo de otros episodios que ya entonces me llenaban de gratitud hacia mi amigo, comenzamos a abrazarnos más, nos tendíamos eternamente y nunca olvidaré que dentro de toda la tristeza que teníamos ese viernes en los pastos cuando él me contaba su pena de amor yo sentí una alegría cuando me declaró que yo era su mejor amiga. De mejor amiga no pude decirle nada de lo que realmente pensaba que debía ser su modus operandi, yo no podía influir, no me queda.
Era la mejor amiga y yo le decía que no andaría con éste ni con ése ni con aquél. Al final le explicaba que con él sí andaría. No sé si lo anotó en su diario porque no sé si llevaba uno, pero lo recordó, hizo un apunte. Antes de que me dijera que quería una novia, que eso fue después, en enero, me dijo que cuando tuviera una le gustaría poder llevarse con ella tan bien como conmigo. Yo no lo anoté en mi diario, creo que ya lo había abandonado, pero también hice el apunte. No sé si ahora que tiene la novia se lleva tan bien como quería.
Así las cosas se fueron torciendo, él siempre era un joven atractivo a pesar de que cuando me preguntó cómo me gustaban los hombres yo respondiera: “Rubios no”. Y aunque siempre era atractivo, un muchacho bonito, eso no me significaba nada. Le debe haber pasado similar. Si yo hubiera tenido un carácter más festivo tal vez si hubiera sido de utilidad que lo encontrara guapo porque habría sido más desprendida para la dinámica juvenil de besarse, pero no lo soy. Y no fue hasta todos esos días que pasábamos echados, caminando, conversando, riéndonos, callados que recién vine a darme cuenta de que era un encanto. Y era estupendo cuando se reía, aunque eso tomó más importancia en las citas posteriores, y era estupendo cómo el pelo rubio le cubría más o menos la frente, cuando tenía el pelo cortito. Era un bonito encantador y conversábamos mucho. También olía bien, porque una vez en el auditorio decidí que iba a olerlo y me acerqué con descaro a su cuello y lo olí, para saber si olía bien. Me interrogó: “¿Qué fue eso?” Le respondí: “Te olí.”
Olía bien.
Me gusta que coincidimos. Que tal vez no debíamos darnos las oportunidades para pasar tiempo juntos pero lo hacíamos de todas formas. Yo pensaba que no y sin embargo lo hacía. Nos fueron pasando tantas cosas hace un año y lo más extraño es que yo creo que ninguno de los dos tuvo el interés por el otro de manera premeditada. Ciertamente yo no tenía intención alguna de prendarme de alguien otra vez. No me di cuenta y cuando tuve la sospecha no quise entusiasmarme; de pronto me vi inmersa en los acontecimientos, súbitamente con él tomándome por la cintura, besándome y yo sé que casi de inmediato enlacé mis manos en su cuello. Y ahí en medio de eso me puse fuera de mi posición y pensé que era muy enredado que amigos como nosotros estuviéramos besándonos así, justo esa noche, una noche un tanto desesperada, listos para quién sabe qué.
Ese capítulo, cabe hacer la precisión, no fue hace un año sino hace menos. Hace un año todavía andábamos dando la hora por otros lados. Pero después de eso fuimos inseparables aunque estuvimos bastante separados. Ja. Y sí, está comprobado que yo puedo vivir sin él y él sin mí, pero al menos por mi parte es como una vida de calidad inferior. Desde que nos reunimos no nos hemos vuelto a separar y somos en extremo mamones. Como la semana pasada en la plaza cuando yo le decía: “Así es cuando uno se enamora de verdad, ¿no?” Y Rodrigo pone esa cara perfecta de tímido conmovido y un poco acurrucándose me dijo: “Sí”.
He escrito mucho y éste es el tipo de discursos que van en mi diario pero hoy era cuando quería escribir. Un descanso, un disfrute sincero. Como una vez hace no mucho que fuimos con Rodrigo a mirar Santiago desde muy arriba y él pensó que me aburría porque estaba callada. Pero no estaba aburrida, estaba sobrecogida. Porque a veces me sobreviene una recapitulación abrupta y me conmuevo tanto de tener todos esos momentos. De haber aprovechado todas mis opciones, de al fin no haber dejado pasar las chances y estar por ejemplo ahí, con él, y que vengan los milicos a decirnos que nos estacionemos más abajo porque es recinto militar y que nos corramos dos metros y que queden contentos, pero que no tienen idea de que los más contentos somos nosotros. De que nos quedemos callados y sigamos estando contentos, porque hace como un año las cosas comenzaron a sentirse así entre nosotros y a estrecharse cada vez más. Para que estemos mirando la ciudad felices sin nada de aburridos, para que recapitule de golpe, lo mire, me emocione tanto y me sienta satisfecha al fin, porque al fin estoy haciendo lo que quiero. Como ahora que se me frunció escribir, aunque me siento un poco enferma y tengo un pie lesionado, yo quería escribir y lo hice, lo decidí. Ay, me siento feliz. Feliz.