Hortensia


Oh, Dios
Lunes, Diciembre 10, 2007, 12:09 am
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Cuando mi abuela no podía dejar de ser rencorosa con mi abuelo le hablé de Dios. Para que entendiera le hablé de Jesús y del amor del que Jesús siempre nos habla. También del perdón y de la humildad. Después recordé que va tanto a misa pero nunca ha escuchado nada. Tiene el pecho apretado de tanto golpeárselo.



Febrero 2003
Domingo, Septiembre 16, 2007, 11:56 pm
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Íbamos caminando por la costanera. Por ahí llegando a San Pedro se nos acabó el amor. Me acuerdo que M. me dijo: “No me gustó aquí.” Le dije: “A mí no me gustó allá.”

La semana anterior habíamos estado en su lugar de veraneo y me dijo: “Si no te gusta te vas.”

A mí me daba lo mismo lavarme el pelo en un lavatorio con agua fría y al viento, ir al baño a un pozo, no poder ducharme mucho ni que fuera feo. Pero ahí no me encontré más con M. Me dijo que si no me gustaba me iba y me dijo: “Aquí me gusta a mí y si me quieres te tiene que gustar también.” Y no pasó nada, no me gustó.

Entonces estábamos en Algarrobo y me dice: “No me gustó aquí”, le dije: “A mí no me gustó allá.” Me dijo: “No sé qué le encuentras de entretenido.” Le dije: “Creo que no nos entretienen las mismas cosas.” Me dijo: “Aquí es muy fome.” Le dije: “Es más tranquilo y no se te da la oportunidad de andar hueveando y de hacer huevadas como allá.” Me dijo: “Me queda claro.” Le dije: “Bien me parece”.

En febrero del 2003 se nos acabó el amor junto con la adolescencia. No había nada qué hacer.



Broma telefónica al exilio
Miércoles, Octubre 4, 2006, 12:46 am
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Cuando estaba en el exilio me llamó uno de mis mejores amigos para bromear por teléfono. Me comunican con él y me dice: Te llamo porque te tengo una canción, me la aprendí en la mañana para cantártela. Le dije: A ver, cuál. Yo sospeché cuál sería el motivo de su tema y no me equivoqué. Cambia un poco la voz y comienza:

Marqué tu número telefónico

No sé cuántas veces, no sé cuántas no.

Y me diluyo en un té romántico

Pero nada pasa si no escucho tu voz.

(Se entusiasma y canta más fuerte).

¡Ay qué mala suerte, no he podido verte!

Quisiera que estés conmigo en la noche tibia de mi verano

(Me obliga a hacer el coro, así que canto):

¡Ay qué mala suerte, no he podido verte!

Gritar entre mucha gente como filósofo que te extraño

(Continuó él):

¡Ay qué mala suerte, no he podido verte!

Y a nadie te me pareces, te multiplico lo que te amo.

¡Ay qué mala suerte, no he podido verte!

En juego a cada segundo con tus caricias entre mis manos.

(Y luego juntos):

Uouo-uouo-uouó.

Uouo-uouo-uoouuó

Nos empezamos a reír y me dice: “Ya, yo sé que igual es cruel pero te estás riendo así que eso quería. Ahora me voy porque sale más caro que la cresta. Cuídate, ¿ya? Te amo.” Le dije: “Gracias, maricón, yo también te amo y cuídate también.” Eso sí fue joderme, anduve el resto del día: “¡Ay qué mala suerte, no he podido verte!”…

Ay, qué mala suerte.



Cartagena…
Sábado, Septiembre 9, 2006, 6:04 pm
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Es justo que comience así, disculpándome por venir a contar estas cosas que nos dieron problemas hace tiempo. No me complica más, por eso lo divulgo.

Hace tres veranos yo todavía era muy caprichosa. Como Fernando desoyera todo lo que provenía de mí fui a volcar mi última ocurrencia a Emilio. Estábamos sentados en su auto una tarde de principios de marzo, empapados de aburrimiento y con la radio que no nos contentaba. Quería yo que llegara el momento en que diría: “Ya, Leonor, qué quieres hacer.” Entonces yo respondería: “Llévame a ver la puesta de sol que hoy tengo ganas.”

Estábamos en Santiago y yo arrugaba en mis manos una flor rosada. Un lilium rosado que Emilio había recogido de la vereda y que no me había gustado. Torpe, le dije: “Es rosado.” Me dijo: “Deshazte de él, no me gustan las flores.” Él no me decía nada, hasta que en un instante comenzó a negar con la cabeza y a sonreír con aire bromista-resignado: “Leonor, qué quieres hacer.” Yo no me sentí tan suelta así que di rodeos de falso altruismo: “Yo sé que es mucho lo que te pediré, pero es que tengo muchas ganas. Quiero que me lleves a ver la puesta de sol, ahora mismo.”

Abrió los ojos, se acomodó en el asiento y me dijo: “¿Llegamos?” Le contesté: “Sí, a Cartagena, por ejemplo, llegamos.” Y nos fuimos.

Nos fuimos rápido, pues debimos haber estado ansiosos de protagonizar el cuadro patético que configuramos al llegar a la playa. Le contaba que me gustaba Cartagena aunque alguna vez con Fernando habíamos estado ahí exhibiendo nuestras divergencias. Me gustaba también porque a dos de mis autores favoritos también y que me parecían tipos divinos, divinos. Había mucho viento, íbamos caminando por la arena de la Playa Grande y notábamos que el cielo se estaba tornasolando.

El sol se ponía y Emilio estaba parado unos metros tras de mí, yo presentía que venía alguna escena tensa en que evidenciaríamos la inestabilidad de nuestras treguas. La amistad tirante por el no-amor. Caminó hasta mi espalda y me dijo: “¿Vas a querer que te abrace para que esto sea como una postal romántica? ¿Que te abrace así como si fuéramos una pareja?” Emilio nunca pretendió mi respuesta.

Lo miré con toda la ofensa que tenía en mis ojos. Él abrió los suyos y parecía que iba a disculparse. No se lo permití y le dije: “Tú parece que te entretienes mucho con todo esto y la crueldad es algo que debes disfrutar tanto que te quedas parado siempre sin hacer nada, te gusta que las cosas pasen por tu lado y admirarte de que no las aprovechas. Eso es por tu lado, yo no tengo tiempo para esto. No, no quiero que me abraces, no tienes que abrazarme. Nosotros no nos abrazamos.”

Creo que casi por consideración no me volví loca. Él puso su mano en mi hombro y yo me desasí muy rápido y me fui corriendo hacia la orilla del mar. Lo que le había dicho sí era un poco loco y con no tanto sentido, pero estaba como masticando vidrio molido cuando le hablaba, me dolía todo, el estómago, los ojos, los tobillos, todo. Quedé de rodillas donde la arena ya es húmeda y oscura. Puede prácticamente asumirse que yo estaba llorando y que casi no podía ver la puesta de sol. Él debe haberme seguido un poco y después se debe haber quedado parado, tal como le había reprochado. Escuche un grito, un aaaah rabioso que llegó a medias porque el viento no quiso dármelo todo.

El viento era frío, todo se volvió rojo. Tenía frío y me sobaba los brazos para que se me pasara un poco. No quería voltearme, quería volver la cabeza y que Emilio no estuviera ahí, pero estaría, siempre estaba, impasible, quieto, estacionario. Yo quería que al fin se hubiera movido, yendo a mi lado o alejándose de una vez por todas. Me di vuelta y estaba ahí, justo donde lo había dejado cuando me escabullí de sus manos. Yo ya no lloraba, él menos. Me levanté y caminé hasta poder enfrentarlo y le dije: “Si no hacemos nada, si no haremos nada, vámonos… ni siquiera deberíamos estar aquí.” Pasé por su lado hacia la calle y no aprovechó la oportunidad, de nuevo, como era usual. Dije que nunca más.

A las semanas tuvimos la oportunidad de volver y solo él lo hizo. Yo me quedé aterrada en Santiago prometiéndome no regresar más a Cartagena, no estar más sobre la arena de la Playa Grande, no tirar al viento de esa costa ninguna lágrima más, como también no más lágrimas para Emilio, que ninguno de los dos las merecíamos.

Claro que en otras ocasiones lloré por su causa. También volví a Cartagena cuando ya no me complicaba más Emilio y hasta deposité más lágrimas ahí en la Playa Grande. Pero esa historia no es con Emilio y ya suficiente con haber contado esto, puede dar la impresión de que soy muy sufriente y no es cierto.



Repuestos
Sábado, Septiembre 9, 2006, 5:31 pm
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No era simpática. Había espectáculos que nunca quería presenciar. Como tuviera que admirar acabé oliendo cosas que estaban más allá de lo que imaginaba.

¿Gusta usted de los repuestos? Repuestos, no recuerdos. Pensaba que sería algo más importante. Era al final que se besaba con uno, al rato y por un descuido y una lástima tremenda (mía, por ver cosas que no quería) estaba besándose con otro. Yo pensé que nunca había visto y que ya no quería tener que observar nada más.

Cerré los ojos y me fui a acostar, con los párpados apretados y el ceño fruncido. No me gustaban las situaciones injustas. Ever. Yo le decía a uno: “¿Te parece bien que sea así esto?” Él respondía que no y se condolía incluso, conmigo o con él, con ambos. Que yo a la vez me condolía por él… ya.

También estaba la otra muchacha, con la que me condolía a medias, pero también mucho. Lo que no me gustaba de su posición era la amargura hosca que la embargaba. Así nadie podía, yo menos, me fui a dormir.

No me falta la sagacidad para esas cosas pero yo no pretendía que fuera como sospechaba. Y era y me agrié por el resto de la noche. A la mañana siguiente seguía pensando en eso y en la forma de que terminara. Pero como no tuviera rol en esa historia yo, pasé en banda, hasta que las cosas decantaron por sí solas. No era un alivio, nunca son un alivio los dolores de los queridos. Y yo hasta lo quería mucho.

Yo no tenía un papel entonces no hice nada, pero no sé. No me figuraba haciendo esa declaración, qué molestia, qué tristeza. Cuando la hice bueno me sentí un poco tonta porque parece que tanto no importaba. Qué sé yo, mis preocupaciones con mis queridos me afectan tanto. Tanto.

Como que lloraba en el paradero sin poder explicar por qué. Porque lo quería y me conduelo muy fácil. Que las personas no son repuestos que uno va y escoge según eras para el corazón. Que parece que ella no lo entendía y era yo la que terminaba llorando también (más encima). Yo encuentro malo los repuestos. No era simpática, pero sí era llorona. Tampoco era indiscreta ni metida, por eso, de haber sido consultada por algún modus operandi habría dicho: “No, no puedo decirte nada.”

Me acordé de esto caminando por un sector montevideano donde vendían repuestos para autos. Me enojaba en realidad cada vez que lo recordaba y aún me sucede. Eran cosas que me revolvían los humores porque no me gustan los descaros. Yo lo veía y me mordía los ojos para no ver más. Qué peste, o era yo poco simpática y fácil de espanto y condolencia.

O de axiologías divergentes, pero me herí un poco por lo que pasaba, que no me pasaba a mí, pero pasaba. No dije nada, no le conté a nadie. Mejor, para qué más, para qué más si con lo que había bastaba. Después menos necesario fue, menos. Y con el último episodio en que terminé enjugadita en lágrimas por querer ser sincera y limpia no quedé muy satisfecha, así que del asunto no se habló más. No era simpática, no me gustaban los repuestos. Lo mantengo, amén.