Es justo que comience así, disculpándome por venir a contar estas cosas que nos dieron problemas hace tiempo. No me complica más, por eso lo divulgo.
Hace tres veranos yo todavía era muy caprichosa. Como Fernando desoyera todo lo que provenía de mí fui a volcar mi última ocurrencia a Emilio. Estábamos sentados en su auto una tarde de principios de marzo, empapados de aburrimiento y con la radio que no nos contentaba. Quería yo que llegara el momento en que diría: “Ya, Leonor, qué quieres hacer.” Entonces yo respondería: “Llévame a ver la puesta de sol que hoy tengo ganas.”
Estábamos en Santiago y yo arrugaba en mis manos una flor rosada. Un lilium rosado que Emilio había recogido de la vereda y que no me había gustado. Torpe, le dije: “Es rosado.” Me dijo: “Deshazte de él, no me gustan las flores.” Él no me decía nada, hasta que en un instante comenzó a negar con la cabeza y a sonreír con aire bromista-resignado: “Leonor, qué quieres hacer.” Yo no me sentí tan suelta así que di rodeos de falso altruismo: “Yo sé que es mucho lo que te pediré, pero es que tengo muchas ganas. Quiero que me lleves a ver la puesta de sol, ahora mismo.”
Abrió los ojos, se acomodó en el asiento y me dijo: “¿Llegamos?” Le contesté: “Sí, a Cartagena, por ejemplo, llegamos.” Y nos fuimos.
Nos fuimos rápido, pues debimos haber estado ansiosos de protagonizar el cuadro patético que configuramos al llegar a la playa. Le contaba que me gustaba Cartagena aunque alguna vez con Fernando habíamos estado ahí exhibiendo nuestras divergencias. Me gustaba también porque a dos de mis autores favoritos también y que me parecían tipos divinos, divinos. Había mucho viento, íbamos caminando por la arena de la Playa Grande y notábamos que el cielo se estaba tornasolando.
El sol se ponía y Emilio estaba parado unos metros tras de mí, yo presentía que venía alguna escena tensa en que evidenciaríamos la inestabilidad de nuestras treguas. La amistad tirante por el no-amor. Caminó hasta mi espalda y me dijo: “¿Vas a querer que te abrace para que esto sea como una postal romántica? ¿Que te abrace así como si fuéramos una pareja?” Emilio nunca pretendió mi respuesta.
Lo miré con toda la ofensa que tenía en mis ojos. Él abrió los suyos y parecía que iba a disculparse. No se lo permití y le dije: “Tú parece que te entretienes mucho con todo esto y la crueldad es algo que debes disfrutar tanto que te quedas parado siempre sin hacer nada, te gusta que las cosas pasen por tu lado y admirarte de que no las aprovechas. Eso es por tu lado, yo no tengo tiempo para esto. No, no quiero que me abraces, no tienes que abrazarme. Nosotros no nos abrazamos.”
Creo que casi por consideración no me volví loca. Él puso su mano en mi hombro y yo me desasí muy rápido y me fui corriendo hacia la orilla del mar. Lo que le había dicho sí era un poco loco y con no tanto sentido, pero estaba como masticando vidrio molido cuando le hablaba, me dolía todo, el estómago, los ojos, los tobillos, todo. Quedé de rodillas donde la arena ya es húmeda y oscura. Puede prácticamente asumirse que yo estaba llorando y que casi no podía ver la puesta de sol. Él debe haberme seguido un poco y después se debe haber quedado parado, tal como le había reprochado. Escuche un grito, un aaaah rabioso que llegó a medias porque el viento no quiso dármelo todo.
El viento era frío, todo se volvió rojo. Tenía frío y me sobaba los brazos para que se me pasara un poco. No quería voltearme, quería volver la cabeza y que Emilio no estuviera ahí, pero estaría, siempre estaba, impasible, quieto, estacionario. Yo quería que al fin se hubiera movido, yendo a mi lado o alejándose de una vez por todas. Me di vuelta y estaba ahí, justo donde lo había dejado cuando me escabullí de sus manos. Yo ya no lloraba, él menos. Me levanté y caminé hasta poder enfrentarlo y le dije: “Si no hacemos nada, si no haremos nada, vámonos… ni siquiera deberíamos estar aquí.” Pasé por su lado hacia la calle y no aprovechó la oportunidad, de nuevo, como era usual. Dije que nunca más.
A las semanas tuvimos la oportunidad de volver y solo él lo hizo. Yo me quedé aterrada en Santiago prometiéndome no regresar más a Cartagena, no estar más sobre la arena de la Playa Grande, no tirar al viento de esa costa ninguna lágrima más, como también no más lágrimas para Emilio, que ninguno de los dos las merecíamos.
Claro que en otras ocasiones lloré por su causa. También volví a Cartagena cuando ya no me complicaba más Emilio y hasta deposité más lágrimas ahí en la Playa Grande. Pero esa historia no es con Emilio y ya suficiente con haber contado esto, puede dar la impresión de que soy muy sufriente y no es cierto.